Calma chicha…

Así me siento. En calma chicha. Y más acentuada si cabe, por el calor que nos está acompañando los últimos días.
Tania CaMon

Tania CaMon

Vamos a encontrar el equilibrio entre todas las áreas de tu vida.

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Siempre había creído que calma chicha era sinónimo de paz y tranquilidad. Sin embargo, su significado original del griego primero, y el latín después, se traduce como «calor sofocante». Y con este sentido es como llegó al castellano y los marineros la introdujeron en su lenguaje, para referirse a la falta de viento que les impedía navegar y al que acompañaban altas temperaturas.

Arturo Ortega Morán, escritor mexicano e investigador del origen de las palabras, decía: «Hablar de calma chicha es hablar de la quietud. Pero no de esa que cura la fatiga, no de esa que abre espacios a la meditación, no de la que es remanso en la turbulencia de la vida. Hablar de calma chicha es hablar de la otra quietud, la que desespera, en la que no hay negro ni blanco, ni frío ni calor, ni bien ni mal».

Así que la calma chicha parece que no es buena ni nos invita al descanso, sino que nos lleva a un estado de nerviosismo y ansiedad, con el presentimiento de que algo va a llegar, un estado de espera que inquieta. Así me siento. En calma chicha. Y más acentuada si cabe, por el calor que nos está acompañando los últimos días.

Porque en los cuidados de personas dependientes es así, nunca estás tranquila. Cuando parece que todo está en orden, vuelve a surgir un imprevisto, al que hay que volver a hacer frente.

Como los marineros que lo incorporaron a su lenguaje. Navegando, intentando ir hacia delante, aunque no acompañe el viento, ni bueno ni malo, ninguno. Porque con viento a favor sería más fácil, e incluso con viento en contra, una se crece y saca fuerzas de donde no sabía que las tiene.

Pero sin viento, cuando parece que todo está bien, cuando todo el entorno se despreocupa porque todo está bajo control, siempre hay que seguir navegando. Con las pequeñas cosas imperceptibles para la mayoría pero que pesan y son losas en la espalda. Pequeños inconvenientes que lo vuelven a descolocar todo. Y no solo eso. También pequeños éxitos que tampoco son celebrados, porque no se notan, pero que para quién los vive, cuidadora y cuidada, son triunfos que merecen fiestas.

Y en el caso de cuidados de personas dependientes con enfermedades neurodegenerativas, las primeras veces que pasan esas pequeñas cosas son desgarradoras: dudar al bajar un escalón, aturdirse en sitios con mucha gente, no reconocer los cubiertos, olvidar qué se ha comido hoy, o incluso si se ha comido, olvidar un número de teléfono y después, olvidar cómo se descuelga. Ir perdiendo poco a poco esa autonomía, que aunque no seamos conscientes, es uno de los mayores tesoros que tenemos. La capacidad de hacer, y sobre todo, de decidir, sin necesitar a nadie.

Y cuando llega una de esas primeras veces, para el resto del mundo no ha pasado nada, pero para las dos personas que se encuentran ahí, esa pequeñez, ese detalle sin importancia, se convierte en un mundo, en otra batalla (pequeña y a la vez enorme) que se ha perdido. Y las dos se sienten así, y se miran y sin decir, saben lo que pasa. Y ninguna encuentra la palabra de consuelo que haga que el trago sea menos duro. Porque no la hay. Porque es una mierda.

Pero como compartía esta semana en redes, mi única salida es trabajar la resiliencia con lo que pasa, y encontrar y acumular todo el amor y el cariño que pueda para dárselo a ella. Porque tengo mi propia definición de resiliencia, y es convertir toda esa cantidad de mierda en abono.

Porque me niego a aceptar que de todo esto no pueda salir nada bueno. Porque tiene que salir, no sé si para nosotras, pero para alguien. Porque tanto sufrimiento, tanto dolor, y sobre todo, tanta frustración, no pueden caer en saco roto.

Así que si me buscáis, ya sabéis donde me vais a encontrar: navegando sin viento para llegar a una orilla donde pueda sembrar toda la mierda que he acumulado.

Calma chicha… maldita seas.

 

 

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